lunes, 8 de diciembre de 2014

LOS HÉROES NO SALEN EN LA TELE

Sor Mary Luz Ibarz, en la cárcel de Estremera  Foto: Ignacio Gil (ABC)

El martes me llegó un mail escueto: "Hoy ha fallecido sor Mary Luz" y con ese breve mensaje y otros que le siguieron se definió ante mí la imagen pasada de un héroe de carne y hueso, frágil en apariencia, que levantaba pasiones e iba sembrando esperanza y vida a su enérgico paso. La conocí en diciembre de 2010, una mañana de frío helador que acabó en nevada, en un erial a 70 kilómetros de Madrid donde se levanta la cárcel de Estremera, ahora habitada por algunos ilustres. Mi compañero Ignacio Gil (uno de los mejores fotógrafos que conozco) y yo asistimos embobados, tras el escepticismo inicial, a su curso de pastoral bíblica, con hombretones de abultado historial penitenciario rendidos a sus palabras y a su despliegue de cariño. 

Un toxicómano casi la tira al suelo ensimismado en su infierno particular; algún funcionario la miraba desganado con un punto despectivo; el exespía del CNI Roberto Flores, condenado por traición la trató con una familiaridad de improbables mundos contiguos... Y allí estábamos Ignacio y yo desconcertados y traspasados por esas vidas quebradas que rezaban y seguían a una monja de 72 años, con una sonrisa permanente y un abrazo dispuesto y seleccionado para cada uno. 

Ese efecto era el que ella causaba en quien no la conocía: primero el estupor y luego la rendición. En esa época iba cada semana a la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias y le llevaba a Mercedes Gallizo cualquier cosa: una estampa, un verso... mientras le pedía que autorizase permisos a alguno de sus "preciosos" (como llamaba a los presos) al que iba a cuidar. Gallizo le hizo un "salvoconducto" para que la dejasen entrar en todas las cárceles para disgusto de algunos de sus responsables. Sor Mary Luz lo llevaba siempre encima, como un trofeo. "Es ingobernable", solían decir de ella, sin dar crédito a que un interno marroquí siguiera con la misma devoción su curso que el Ramadán. 

La Hija de la Caridad murió el martes tras pelear con un cáncer devastador y terminal. "He estado viendo a Mary Luz, la frágil monjita, que tantísimo ha hecho por los presos y que tan incomprendida ha sido... a veces. Desde ayer ha tenido una mejoría y me avisaron las hermanas del convento para que si quería fuese a verla... Me ha reconocido y he estado hablando con ella más de media hora. Su estado es terminal pero sigue preocupándose por los presos y diciendo a las hermanas lo que tiene que hacer... su sonrisa y la serenidad de sus ojos azules algo borrosos ya, se han quedado conmigo. El domingo en el horario que se la puede ver, aunque estaba muy mal me ha contado la superiora que pasaron por allí cerca de 300 personas. Si los santos existen, estoy seguro de que Mary Luz será uno de ellos". 

Este mensaje es de una de esas personas que se cruzó con "sor Tripi", como la llamaban los internos, por su trabajo penitenciario, nada que ver ni con las Hijas de la Caridad, ni siquiera con la religión. Es elocuente de la huella que esta mujer imprimía en los demás. Ella no salía en la tele y, sin embargo, es una de las grandes heroínas que han conocido muchos hombres y mujeres. Para ti la Paz, Mary Luz Ibarz Bazán. 

Les dejo el reportaje que escribí tras aquella visita a Estremera.    

http://www.abc.es/20101226/sociedad/presos-catequistas-201012252204.html


lunes, 1 de diciembre de 2014

"LO DE LA COMPAÑERA NO HA TENIDO SOLUCIÓN"

No hay nada comparable al dramatismo de las transmisiones policiales cuando ocurre una desgracia. Una vez escuchadas es imposible borrarlas de tu memoria. Si las voces anónimas de los indicativos hablan de un compañero de azul, atacado, herido, en peligro... la tensión, la impotencia, el dramatismo que traslucen es difícil de explicar. Decenas de oídos vestidos de uniforme y de paisano siguieron el atraco de Vigo del pasado viernes a través de esas transmisiones con la garganta seca y los ojos húmedos. La muerte saliendo al paso de una de los suyos: Vanessa María Lage Carreira, destinada en la Unidad de Prevención y Reacción (UPR) de la comisaría de Vigo. Cuando a través de la malla un policía informó, con voz metálica y fría, recompuesta ya del llanto "lo de la compañera no ha tenido solución", muchos maldijeron en voz baja y otros se sumaron a esas lágrimas sordas.

El policía al que tocó contar al resto la peor noticia, a través de las transmisiones, era el mismo veterano que poco antes cuando iban a trasladar a Vanessa desde el lugar en el que fue tiroteada informó de que la situación crítica de la agente revertía, que había una leve mejoría. "Era como un padre hablando de su hija. Emocionado y contento", relata uno de los compañeros que esperaba noticias al otro lado de la emisora. Luego, él y los demás, siguieron atendiendo llamadas todas la tarde, algunas fuera de lugar.


Los que nunca hemos vestido uniforme, pero nos sentimos tan cerca de ellos tantas veces, nos preguntamos, yo me pregunto, cómo se soporta una situación extrema como la vivida en Vigo, con una agente muerta y su compañero, el subinspector Vicente Alló, extremadamente grave en un atraco de esos a los que ya no estamos acostumbrados. Enrique Lago Fariñas, el asaltante, salió ese maldito viernes dispuesto a matar con su pistola del 9mm y sus tres cargadores preparados. Pero ni Vanessa ni Vicente ni el resto de los agentes se podían preparar para la muerte. Nadie nunca lo hace, de lo contrario te quedarías en tu casa, o te pondrías enfermo o pretextarías lo primero que se te pasara por la cabeza.


He podido escuchar un fragmento de esas conversaciones agónicas donde un indicativo con la voz quebrada dice: "Pidan una ambulancia para el rehén que lo tenemos con un tiro". Y otro añade: "A ver si me pueden informar quién es la compañera y dónde la llevan". Reciben respuesta, también traspasada de nerviosismo y preocupación. "Se han llevado al compañero, tiene un tiro en el pecho. Al subinspector lo han llevado al Xeral". "Está muy mal", se oye entre medias sin que quien habla precise quién de los dos está muy mal. El silencio que le sigue es aún más elocuente que las palabras.

Vanessa María Lage estaba en la primera línea cada día, como todos los agentes que forman las Unidades de Prevención y Reacción (UPR) de la Policía Nacional. Un día te toca una manifestación y otro un atraco o una riña callejera. Ayer un panfleto digital mancilló su nombre y el de todas las mujeres que lucen con orgullo, pasión y mucho esfuerzo el azul de su uniforme logrado a golpe de tesón. A mí solo me provoca desprecio. Me interesa por encima de todo saber si actuaron conforme a los protocolos; si tenían o no a su disposición los medios necesarios para esa actuación o cualquier otra de las que tienen que afrontar y, por supuesto, por encima de todo la recuperación del subinspector herido. Por él y por su compañera, policías de toda España han salido hoy a la calle y nos han pedido a todos que los acompañemos en su dolor. Es en lo único que podemos estar a su lado. Ellos mientras seguirán oyendo las voces del horror del mundo a través de sus emisoras y viéndolo pasar por delante cada jornada.